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Carme Font

Antigua y Nueva ProfecĂ­a

Si despojamos por un momento la palabra profecía de sus connotaciones arcanas, conservando sus raíces de «descubrimiento» y «percepción divina», podremos acercarnos a ella desde una perspectiva más íntima y actual.

Del mismo modo que el cuerpo humano crece y muda con el transcurso de los años, y pasamos de la infancia a la edad adulta y por último a la vejez, también nuestra conciencia crece o, mejor dicho, evoluciona. No solemos reparar en ello, pero los distintos aspectos que conforman nuestro ser —nuestros impulsos físicos, nuestras emociones, nuestra capacidad de razonar e imaginar— también evolucionan y se ponen a prueba. A veces tenemos que vencer una limitación física en forma de enfermedad o dolencia, en ocasiones debemos hacer frente a un torbellino emocional que parece superarnos, o nos enfrentamos a ideas que desafían nuestras convicciones y creencias arraigadas. En todos estos casos, nuestra alma, nuestra esencia espiritual que nos conecta con la divinidad, nos pone a prueba para seguir avanzando en el camino evolutivo. Con cada momento de tensión superado, la persona se expande en conciencia, gana en capacidad para atender a la realidad con mayor nitidez, cultiva su conexión interior.

Muchas veces oímos a personas decir que, si Dios existe, no parece que esté muy pendiente de ayudarnos. Si echamos un vistazo a nuestro alrededor, vemos pobreza, sufrimiento, temor, injusticia, maldad. Aunque también vemos belleza, abundancia, honradez y bondad. No obstante, cuando somos testigos de una catástrofe natural, de desastres humanitarios generados por guerras, conflictos y desigualdad económica, algo en nuestro interior parece rebelarse. Si Dios existe, ¿por qué no evita estas calamidades e injusticias?

También aquí numerosos estudiosos de todas las tradiciones han hecho su aportación y coinciden en el sentir general de que las acciones de Dios son inescrutables, es decir, que no podemos conocerlas. Son por naturaleza un misterio.

Aquí mencionar la ley de causa y efecto (karma, destino) y el libre albedrío, de los que hablaré con más detalle en mi próxima entrada de blog. La mente humana no alcanza a comprender el modo en que operan las interacciones de la ley divina del destino, aunque sí podemos entender nuestra participación en estas interacciones.

Si existe hambre y desigualdades en el mundo, estas son producto de una mala gestiĂłn de los recursos y una falta de voluntad para compartirlos adecuadamente. Hoy en dĂ­a no hay escasez de alimentos ni recursos, sino codicia e intereses egoĂ­stas para mantener un sistema econĂłmico en esencia injusto que perpetĂşa las desigualdades.

Privar a una persona de sus derechos fundamentales —alimentación, vivienda, educación y sanidad— es negar las condiciones físicas indispensables para que esa alma humana que acaba de encarnarse en forma física pueda desplegar todo su potencial y esplendor. Dependerá de esa persona saber desplegarlo, por supuesto, pero como sociedad no podemos negar a nadie la posibilidad de esa expansión. Sea cual sea el momento o etapa evolutiva de esa alma, es partícipe y constructora de la espiritualización y el crecimiento de este planeta.

El ser humano es responsable de su propio avance y el conjunto de todos nosotros conforma la evolución de nuestra casa común, de nuestra Tierra. También aquí radica nuestra conexión interior.

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